Esto ocurrió cuando me encontraba cursando el segundo año de la secundaria, a mis quince años. Asistía al British College, que estaba a ocho calles de mi casa. Iba al turno mañana, por lo que todos los días me levantaba muy temprano para desayunar y luego ponerme cuidadosamente el uniforme, ya que eran muy estrictos con eso en el colegio, y la mínima arruga del saco, o en el suéter, podría implicar una sanción o un llamado de atención a mis padres; y no quería eso. No por una simple arruga.
Todos los días caminaba las ocho calles que separaban mi casa del colegio cantando una canción. Era como un juego, cada día elegía una canción distinta y trataba de comenzar a cantarla cuando salía de mi casa y terminar cuando llegaba a la puerta del colegio; Si la canción terminaba antes de llegar, me inventaba una estrofa o dos mas, y si todavía no acababa cuando me acercaba al colegio, Le metía algo que rimara y la terminaba ahí. Así todos los días. Hasta que una mañana de otoño, cuando llegaba al colegio, mi canto fue interrumpido al encontrarme con algo nuevo en mi camino de todos los días; en la vereda de la casa que estaba pegada al colegio se hallaba sentado un enorme perro negro. Estaba sentado ahí, casi inmóvil y mirando hacia la calle; parecía una especie de ovejero alemán, pero más grande, y como dije, completamente negro. Inspiraba miedo, y yo no soy de temerle a los perros, al contrario, me gustan mucho.
El perro estaba sentado justo en medio de la vereda así que tuve que rodearlo y pasar frente a el; No sé si el animal olfateo mi miedo o mi desconfianza o las dos.... Pero Justo cuando acababa de pasar, sentí un gruñido y sentí cómo los filosos colmillos del can apretaban mi tobillo derecho; Instintivamente pegue un tirón con la pierna y sentí como se desgarraba la botamanga del pantalón de mi uniforme escolar; Tropecé y caí, pero en una fracción de segundo ya me encontraba de nuevo de pie y eche a correr sin mirar atrás, porque estaba seguro que el perro me seguía. Y al llegar a la escuela entre corriendo también y me encerré en el baño. Tenia un ataque de nervios, un poco por el encuentro con el perro, y otro poco porque en lo único que pensaba mientras corría era en como había terminado mi uniforme…sucio por la caída y con el pantalón roto por la mordida del endemoniado animal. Seguro me harían firmar el libro de disciplina y llamarían a mis padres para citarlos a una reunión, en la que les dirían lo irresponsable que era su hijo y como asistió a clases un día con el uniforme sucio y maltratado; así que pensé que prefería que mis padres me sermonearan un rato por no ir a clase antes que soportar ser castigado quizás hasta un mes completo, aparte de eso, mis padres trabajaban casi todo el día y volvían a casa muy tarde y cansados, así que también quise evitar ese mal rato para ellos. Salí del baño y me dirigí a la puerta, y, con cuidado de no ser visto por nadie, Salí de nuevo por donde entre. Con un poco de miedo, pero decidido a enfrentarme con el perro si intentaba morderme de nuevo o lo que sea, contuve la respiración; Y cuando ya estaba en la vereda y pude ver que el perro se había retirado, volví a respirar.
A partir de ese día ya nunca pude acabar de cantar mis canciones tranquilo, porque al acercarme al colegio, el perro se encontraba ahí, sentado en la vereda de la casa de junto, como esperando algo, como en una interminable vigilia. Los primeros días opte por volver sobre mis pasos y dar la vuelta manzana para ingresar al colegio por la otra entrada. Pero ya en invierno, y muerto de frío, solo quería entrar al colegio lo antes posible. No quería tener que caminar tres cuadras mas solo para esquivar a mi enemigo. Así que cuando llegaba a la esquina del colegio empezaba a correr, corría como si el mismísimo diablo viniera detrás de mí con su afilado tridente intentando atravesarme. Y así corriendo pasaba frente al perro, y así entraba a clases.
Una mañana del mes de junio salí de mi casa como todos los días y comencé a cantar una canción; ni siquiera terminaba la primer estrofa cuando lo vi. Se encontraba ahí, esperándome sentado, como todos los días, pero esta vez en la propia esquina de mi casa. El terror se apodero de mí, y es que me di cuenta que el perro quizás me había seguido y que si hubiera querido, hubiera saltado sobre mí sin siquiera advertirlo; Un escalofrió recorrió mi cuerpo. Me observaba, y por primera vez yo también me detuve a observarlo detenidamente... lo mire a los ojos; Eran como dos faros encendidos en fuego, como dos antorchas que sobresalían en ese pelaje negro como la noche más oscura.
Me quede así, observándolo por algo mas de un minuto, y me eche a correr en dirección contraria. No sé porque lo hice, pero atine a cruzar la calle corriendo a toda velocidad, siempre sin mirar atrás...pero mi carrera fue detenida por un golpe, un grito y una frenada. En efecto, el perro se había lanzado a correr detrás de mí, y cuando había intentado cruzar la calle un automóvil que pasaba se encontró con el can de sorpresa y lo había atropellado. El perro se hallaba tendido sobre el asfalto, sangraba y gemía lastimosamente. Me acerque con cautela, y al verlo de cerca me envolvió una gran pena...verlo ahí, agonizante, me conmovió. Me arrodille a su lado y lo volví a mirar a los ojos, pero esta vez no eran amenazantes... esta vez eran simplemente dos pequeños ojos llenos de lagrimas que parecían querer decirme algo...creo que el perro intentaba decirme que lo sentía, que no tenia nada personal en contra mío, que solo era su naturaleza...no se con claridad que intentaba decirme, pero acaricie su hocico como diciéndole que no se preocupe, que todo iba a estar bien. Y en ese momento cerro los ojos y sentí como exhalaba su ultimo suspiro.
A partir de ese día ya no cante mas canciones yendo al colegio... Nunca mas.
JUAN LUIS
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