El sobre no decía nada. Estaba en blanco. Al abrirlo me encontré con una hoja que decía: “Av. Bouchard 374, viernes 5 de marzo 24:00 horas”. Nada más y nada menos. Mire mi reloj de pulsera (un Casio sumergible de esos que muestran la fecha también); Era martes, martes 2 de marzo... ¿quién me había enviado esta misteriosa invitación? ; Pensé en las fechas de cumpleaños de amigos, parientes, vecinos, compañeros de trabajo... y nada. Ninguna pasaba ni cerca del 5 de marzo. Pase el resto del martes y el miércoles en su totalidad intentando recordar si me había olvidado de alguien... algún pariente lejano, ex novia... alguien. Y nada; Ya el jueves la incógnita era distinta: comencé a preguntarme si debía o no asistir a la “fiesta” (y es que, no sé la razón, pero yo estaba casi seguro que de eso se trataba) Ya entrada la noche, había tomado una decisión: la de presentarme en el lugar, ¡obviamente encontraría a alguien conocido ahí!
Cuando desperté el viernes, lo primero que se me cruzo por la cabeza fue la fiesta en la calle Bouchard. Me levante, y a las 2 horas estaba en una tienda del centro comprándome ropa nueva para la ocasión; Fui a mi peluquero de confianza y me recorte el cabello, y finalmente pase por un cajero a retirar algo de efectivo. Ya de vuelta en casa procedí a afeitarme y ducharme (como de costumbre) y para las 21:00 horas ya estaba listo. Cambiado y perfumado... ¡qué ansioso me encontraba! ¿Qué me esperaba para esa noche? A las 22: 50 horas baje de mi departamento y tome un taxi en la puerta, le indique la dirección y me senté a disfrutar el viaje...
Había calculado bien, a las 23:15 horas me encontraba frente a la enorme casa de la calle bouchard 374. Si, era una enorme casa de esas estilo colonial, bastante deteriorada y oscura (cosa que me llamo poderosamente la atención, ya que el ambiente era sombrío y denso, para nada festivo). Procedí a cruzar el portón de rejas y me encamine hacia la puerta de madera, toque el timbre una y otra vez y al no escucharlo ni tener respuesta alguna golpee la puerta; Para mi sorpresa, la puerta se encontraba abierta, y al golpearla sé abrió unos
– ¡hola! ¿Hay alguien en casa? ; sin recibir respuesta me detuve unos segundos y repetí la secuencia, pero esta vez casi gritando: - ¡HOLA! ¿HAY ALGUIEN EN CASA?- y otra vez la nada. Me detuve un momento a pensar. ¿Que debía hacer?... ¿Debía dar media vuelta e irme? Definitivamente no quería hacer eso, después de todo, hace tres días que estaba intrigado y ansioso por lo que me iría a encontrar esta noche; Así que me arme de coraje y termine de abrir la puerta, acto seguido ingrese en la casa de dos zancadas que fueron en realidad como dos pequeños saltos. La casa estaba abandonada. Vacía. En un rincón a la derecha de la entrada los únicos moradores a la vista eran dos sillones de respaldo alto, muy viejos y harapientos. En ese instante no pude evitar sentirme estúpido, ya que obviamente había sido presa de una broma pesada, de un engaño. Y me sentí estúpido porque en ningún momento de estos tres días se me había cruzado siquiera por la mente esta posibilidad. Ni una sola vez. Mire mi reloj, y eran las 23: 30 horas exactas. En ese momento, cuando me prestaba a emprender mi vuelta, del rincón de los sillones provino una voz, fuerte y clara: “Muy puntual, me gusta eso”- dijo la voz. Un escalofrío me recorrió la espalda y por un segundo me quede petrificado. Gire hacia la derecha una vez mas y me di cuenta que en el ángulo en que se encontraba uno de los sillones no podía ver desde mi posición si alguien se encontraba sentado en él, pero temí preguntar. La voz se alzo de nuevo y dijo – “acérquese mi amigo, tome asiento que no tenemos toda la noche” - esta vez, la vos me sonó mas amigable, así que accedí a su invitación y lentamente me acerque al sillón, curioso de ver quien me hablaba.
Era un hombre enteramente vestido de negro, de larga barba blanca, ojos cansados y cara curtida y bondadosa. Levanto la vista hacia mí y me volvió a decir: -“siéntese, vamos, ¡como si fuese su casa!”, A lo que esta vez accedí de inmediato (aunque debo decir que dude en un principio por no ensuciar mi ropa nueva con el sucio y maltrecho sillón). Estuve creo que no más de dos segundos sentado frente a el y ya no me pude contener:
- ¿Usted me mando esa invitación? – Le dije
- ¿Ve alguien más aquí? – respondió haciendo un ademán burlón con las manos.
- No respondió mi pregunta
- Si, se la he enviado yo, mi amigo.
- ¿Y quien es usted? ¿Para que me ha citado aquí? ¿Acaso nos conocemos?
- Soy un amigo, y lo acompaño desde el momento en que su madre lo dio a luz a este hermoso mundo en el que vivimos. Desde ese momento lo acompaño. Y usted me conoce también. No personalmente, hasta hoy, pero me conoce.
- ¡No entiendo! Pero ¡quien es! ¡Que quiere de mí!
- Nada mi amigo, solo vengo a cumplir con mi tarea. La tarea que se me ha encomendado. Y que llevo a cabo una y mil veces cada día y cada noche. Tanto tiempo me lleva este trabajo que tengo que encargarme de citar a cada uno de mis conocidos a un horario y lugar diferentes. Es una tarea difícil, pero alguien tiene que hacerla.
- ¿Que tarea es esa? ¡Y no me ha respondido quien es!
- Tengo muchos nombres... es que mi trabajo lo llevo a cabo a través de los cinco continentes de Norte a sur y de este a oeste... tengo muchos nombres mi amigo.
Mire la hora una vez más: eran las 23:59.
- ¡Dígame uno al menos! ¡Dígame uno de sus tantos nombres al menos! – Le grité.
- Yo mi querido amigo... soy la muerte.
Las campanadas de la iglesia que se encontraba en frente de la casona comenzaron a sonar. Eran las doce de la noche... era mi hora.
FIN
JUAN LUIS
Zarpado
ResponderEliminar