jueves, 19 de noviembre de 2009

Relatos cortos - El sueño

Recuerdo esa noche, era una noche fría de invierno. Una de esas noches en que la tristeza y la nostalgia (viejas amigas mías, por cierto) me visitaban nuevamente. Me encontraba acostado en mi cama, boca arriba mirando el techo, viendo como la luz tenue del velador se encargaba de dibujar figuras opacas y tenebrosas que parecían moverse en una danza macabra y triste. En un momento, sin darme cuenta, me encontraba en un lugar de radiante claridad. Mire hacia arriba y el techo se había ido, en cambio me encontré con el cielo mas celeste que jamás había visto, mire alrededor y las paredes con sus oscuras siluetas danzantes también se habían ido. Solo estábamos yo y la nada, pero no era una nada triste, solitaria, sino que me sentía como si todos los miedos, los males y el dolor se hubiesen quedado allá, en mi habitación. Caminé. Caminé sin saber hacia donde, estaba descalzo, pero este lugar era como un valle de césped verde y suave que acariciaba mis pies. No me molesto caminar. Creo que camine por horas, con la mente en blanco, solo sintiendo paz en mi interior y caricias en mis pies. Continué con mi caminata hasta que en un momento me tope con un río, un río de agua cristalina que reflejaba la claridad de este hermoso páramo. El reflejo me segó por un instante. Me arrodille a su orilla y no pude evitar beber, si bien no tenia sed, esa agua se veía tan fresca, tan pura, que simplemente junte mis manos y me lleve una y otra vez varios tragos a la boca. ¡Que sabrosa agua! Sin dudas, la mas fresca que había probado en toda mi vida. Seguí caminando por la orilla del río, ¡que feliz me sentía! Me sentía feliz y por raro que parezca, no sabia porque. Solo esa sensación de que todo estaba bien invadía mi cuerpo y mi mente. Camine por un buen rato mas y me encontré con un frondoso árbol, enorme, imponente. De sus ramas colgaban frutos de todos los tipos, había peras, manzanas, plátanos, ciruelas, duraznos, naranjas, todos. Todos los frutos más deliciosos colgaban de sus ramas. De la mas cercana a mi colgaba amarilla y brillante una gran pera, que me encargue de cortar y prácticamente devorármela, y es que sin darme cuenta me había pasado horas caminando sin probar bocado, aunque realmente, tampoco sentía hambre en realidad. Al terminar con la pera me sentí aun más complacido y satisfecho, y decidí recostarme un instante bajo la sombra del hermoso árbol. Justo en ese preciso momento una suave brisa comenzó a soplar y las ramas del árbol se movían suavemente y el sonido de las hojas fue como una hermosa canción de cuna para mí. Me dormí. Me dormí con una sonrisa en la cara, me entregue al sueño como hacia tiempo no lo hacia, me dormí en paz.

Juan Luis

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